El termalismo en la Argentina tiene sus orígenes en una ciudad cargada de historia. Un terremoto devastador signó su pasado. Tras la destrucción de El Esteco, los sobrevivientes de este asentamiento colonial español se refugiaron en la protección de la Virgen del Rosario y en el Castillo y Fuerte del Rosario, una guarnición militar que inició la nueva crónica de Rosario de la Frontera. Las precarias construcciones aprovechaban las aguas termales del lugar hasta que recién a mitad del siglo XIX surge un edificio que cambia la actividad para siempre. Un complejo al pie de las serranías se consagra como el precursor del turismo internacional y de bienestar en Sudamérica: el Hotel Termas de la Frontera.

Las aguas termales eran valoradas mucho antes de la llegada de los españoles. La comunidad inca conocía de sus virtudes y eran admiradas por ello. Pero fue para 1880 cuando el médico español Antonio Palau, comprador de las tierras de Rosario de la Frontera, erige un importante establecimiento que supera las precarias estructuras iniciales de madera, diseñado y construido por sus compatriotas Manuel y José Graña, activos en Tucumán. El Hotel Termas se consolidaba así como el primer centro termal de la región sudamericana.

Los grandes personajes y frecuentadores de las nuevas termas 

Personalidades como Sarmiento y Avellaneda, sin olvidar a Mitre e Yrigoyen viajaron atraídos por este predio enclavado al pie de las serranías verdes de Rosario de la Frontera. Allí, un inmueble de estilo neoclásico “racionalista”, con fuerte influencia de la Belle époque esperaba con nueve fuentes manantiales únicas en el mundo. Ningún complejo termal ofrecía - ni ofrece - tantas vertientes con composiciones químicas y temperaturas dispares en un mismo lugar.

La verdadera revolución del complejo llegó de la mano del progreso sobre rieles. En 1887, el tendido del ferrocarril de trocha ancha alcanzó la estación Los Baños, ubicada a escasos cuatro kilómetros del hotel. Este hito conectó definitivamente al norte salteño con el resto del país, facilitando el arribo de la alta sociedad de la época. A nivel arquitectónico, el hotel se transformó en un testimonio vivo del paso del tiempo: una ecléctica mixtura donde conviven galerías exteriores de inspiración neoclásica —que comunican las habitaciones en dos imponentes alas en "L" de hasta cuatro pisos— con las líneas puras y modernas de un pabellón posterior, destinado a ser el sofisticado salón de invierno.

Una pequeña ciudad autoabastecida

Más que un simple alojamiento, el Hotel Termas se consolidó como una auténtica ciudad autoabastecida en medio de la naturaleza. En su época de mayor esplendor, el complejo llegó a contar con más de 400 habitaciones, su propio pabellón de baños termales, un refinado restaurante, capilla, lavandería, talleres de carpintería e instalaciones deportivas de vanguardia que incluían canchas de tenis, bochas y el primer campo de golf de la región. Incluso, hasta la década de 1980, el misticismo del lugar se completaba con un exclusivo casino que atraía la vida nocturna de la región.

La solidez de su estructura —fiel reflejo de la arquitectura finisecular— combina de manera magistral la piedra, el ladrillo y los entrepisos de perfiles de hierro con bovedillas, coronados por coloridos pisos calcáreos que aún conservan su aire señorial. Esta majestuosidad ubicada al sur de Salta, a poco más de 200 kilómetros de la capital provincial sumada a las propiedades curativas de sus aguas, convirtió al complejo en un referente del termalismo a nivel mundial.